El Retorno a la Superstición


Las Nornas por  Alois Delug (1894)

Otro título que consideré para esta entrada fue La “re-magicalización” del Mundo. Un término que, aunque totalmente ficticio, ejemplifica bien el espíritu de este post.

Vivimos desde hace siglos, y más aún en este periodo postmoderno, una extrema racionalización de la existencia, en donde no hay cabida para lo supernatural, la superstición, lo intangible, lo divino. Esto ha tenido como directa consecuencia que nos hallemos en una tierra estéril, espiritualmente hablando, en donde no existe nada más que lo experimentable físicamente, descartando cualquier otra clase de forma de ver la realidad.

Esta vacuidad de lo mágico, de lo supra-humano, puede ser considerada un producto de la caída en desgracia de la religión como parte esencial del desenvolvimiento humano, esto, naturalmente, no es una apología al cristianismo, precisamente fueron los estrictos valores puritanos del catolicismo y el protestantismo los que, tras siglos de restricción, causaron una liberación sin precedente que terminó no solo en libertinaje, sino en un rechazo directo de lo religioso, y en muchos casos de lo intangible, decantándose la balanza por una sociedad eminentemente racional y científica. Posiblemente como un modo de protegerse del fanatismo religioso pretérito.

Tal cuestión, para una mejor comprensión, puede ser explicada con el sencillo ejemplo de un adolescente que es sometido, o sobreprotegido, por sus padres, quienes le imponen una serie de rígidas reglas, y de pronto el joven, cuando escapa del férreo abrazo de sus progenitores, da pues rienda suelta a todo aquello que tenía guardado dentro de sí, e incluso se arroja a experimentar lo que naturalmente no es de su agrado, como una forma de reto a las antiguas figuras de autoridad. Esto es esencialmente lo que ocurrió con el cristianismo, solo que deben extrapolarlo a millones de individuos, durante un milenio por lo menos.

La fobia que causa lo religioso en algunos es palpable, y se eleva incluso al mero hecho de seguir ciertas reglas, para alcanzar objetivos determinados, e.g. he tenido estudiantes del Arte que, por una dura crianza religiosa, usualmente bajo el seno católico/cristiano, son renuentes a seguir lineamientos específicos de procedimientos mágicos y/o devocionales, pues ven en esto una reminiscencia de su agobiante pasado, desarrollando una rebeldía a veces frustrante. Aunque intento ser comprensivo, esta clase de estudiantes no suelen ser mis preferidos a la hora de legar conocimiento del Oficio, lamentablemente no soy terapeuta, para exorcizarlos de sus traumas pasados; aunque ello no quiera decir que sea insensible a sus vivencias, comprendo el porqué de sus posiciones rebeldes ante lo que ignorantemente llaman dogma, donde la palabra correcta es formula, aunque muchas veces no se los exprese. Esto es tan solo una de las consecuencias del mal uso que le dio la cristiandad a la espiritualidad.

Sin embargo, y mucho más acorde a nuestros menesteres, está el resultado de la híper-racionalización de la tierra. Vivimos en un mundo donde lo mágico y sobrenatural no tiene lugar.

Y eso es lo que debemos recuperar, debemos volver a hacer al mundo un lugar en donde lo fantástico exista.

Una de las primera lecciones que les doy a mis estudiantes, y estos pueden dar testimonio de cuan insistente soy en este punto, y cuantas horas puedo extenderme hablando al respecto, es aquella que trata sobre los augurios y portentos, y la imperiosa necesidad que tiene el estudiante del Arte Magice de ver a la realidad física como una extensión de la espiritual, en donde el vuelo de las aves, o su graznido, no son meras coincidencias, sino posibles mensajes de fuerzas intangibles; en donde la lluvia es la contestación a una interrogante; donde el viento que sopla a la cara es la voz de un espíritu o deidad.

Aquí entra a relevante posición el término que titulariza a esta entrada: Superstición.

En la modernidad la superstición es vista como una expresión de ignorancia, algo a lo que el hombre civilizado debe rehuir, pues solo le pertenece a los campesinos y a la burda gente del campo, o peor aún, a los pobres, aferrados a lo sobrenatural como único consuelo a su miseria.

La superstición, contrariamente a la opinión contemporánea, no es signo de ignorancia, sino todo lo contrario, refleja un espíritu sano y vigoroso, consiente no solo de una realidad sutil, sino de un ordenamiento superior que nos sobrepasa, y con el cual debemos aprender a convivir, pues todos somos parte del gran esquema de la Creación. La superstición es pues la forma como el hombre expresa su conocimiento de lo espiritual, de un mundo con reglas que tienen directa incidencia en el nuestro. Cerrarse a la superstición es la verdadera muestra de ignorancia.

Para los antiguos, en el mundo pre-cristiano, esto era una realidad absoluta, y un razonamiento como el que presentó hubiese sido visto como un discurso del todo innecesario, una repetición de verdades que eran del todo obvias.

Lo inmaterial, lo supernatural, era inmanente a la existencia misma: el Sol era arrastrado por Helios o Sunna; las cosechas dependían de Cibeles; las almas en pena debían ser apaciguadas cada Luna Nueva; las tormentas eran producidas por Perún; una noche oscura con vientos formidables era señal de que Wotan estaba pasando; un águila que volaba en el firmamento era un portento de Jove. Este mundo no estaba limitado a lo inmediato, sino que todo evento sensible tenía relación con uno espiritual.

No era una sociedad ignorante y sumida en oscurantismo religioso, la superstición no los volvía ingenuos o tontos, sino que los conectaba con lo superior. Sócrates mismo, de acuerdo a Platón, creía que un daemon lo guiaba e inspiraba.

Era un mundo rico, alimentado por un pulso mágico, y donde la relación con el numen de lo divino era constante. Ello se presenta como un marcado contraste con nuestra racionalizada existencia moderna, una estéril, carente de lo mágico, de lo "fantástico".

El velo no era más delgado entonces, nosotros somos los que hemos colocado una cortina y cerrado las ventanas.

Para el verdadero practicante del Arte, por fortuna, esta visión del mundo material como continuación del espiritual, no ha desaparecido, pues nuestra interacción directa con la Otredad nos permite ser partícipes de realidades del todo desconocidas para el hombre moderno. El brujo, el mago, necesariamente debe ser supersticioso.

No es fortuito que la percepción de la realidad intangible haya sobrevivido, aunque diluida, pasada la edad media hasta el siglo XVIII, en zonas mayormente rurales, y que igualmente en estas áreas se encontrasen los brujos, pellar, hombres y mujeres sabias (el llamado cunning folk).

Aun así, esta entrada, para sorpresa de muchos, no va dirigida únicamente a practicantes del Oficio, inusual ocurrencia en esta página advocada principalmente a ocultistas; sino que apunto a un público más amplio, uno inconforme con el estéril mundo moderno y que desee traer de vuelta esa vida supernatural que enriqueció tanto a los antiguos, traer de vuelta la magia al mundo.

No os conforméis con la fatua realidad actual, imbuida en un materialismo carente de trascendentalidad, apuntad a lo elevado, lo superior, lo eterno; mirad al mundo no como lo directamente perceptible por los sentidos mundanos, sino como la continuidad de un orden espiritual supremo, de la que no somos meros espectadores, sino que hacemos parte.

Esta no es una invitación a ver hadas y duendes en todas partes, una desviación producto de la Nueva Era y que ha creado en el otro polo a individuos idiotizados y escapistas sociales; no, lo supernatural no era una excusa para abstraerse de este mundo, sino que nos interrelacionaba con mayor fuerza con este plano. Un mundo inmanentemente espiritual, con Dioses y espíritus reales, y en donde los mitos eran parte de la cotidianidad.

Ante la degeneración moderna, la única alternativa viable es retornar a la vieja cosmovisión pre-cristiana. Ese era un mundo en el cual valía la pena vivir.


Juno y Argos por Peter Paul Rubens (1610)

Cabe señalar que esta apología al weltanschauung politeísta ancestral no viene de alguien que se considere a si mismo pagano, cuanto menos no según la percepción contemporánea. Soy politeísta, sí, pues por estricta definición creo en la existencia de muchos Dioses y potencias espirituales, pero, ante todo, incluso antes que brujo o mago, me considero un ocultista. De modo que esta defensa de la vieja mentalidad pagana no nace de una visceral emocionalidad o romanticismo, sino precisamente, y aunque suene a primera vista paradójico dado el tenor de este escrito, de un análisis racional de nuestra situación actual, y como podemos mejorarla y ennoblecerla.

Esto me da pie para señalar que no estamos ante un ataque dirigido contra la razón, o la ciencia; de hecho, otra de mis lecciones más severas trata de la ineludible necesidad de no dejarse manipular por fantasías mentales, ni creer que todo lo que vive el practicante es un hecho espiritual, el brujo camina después de todo entre la sanidad mental y la locura, y requiere ser mentalmente estable para ayudarse a sí mismo, y a otros. Nuevamente, en la antigüedad esto no era un problema, la creencia en lo intangible era un hecho indiscutible, y esto no imposibilitaba el pensamiento racional y analítico.

Menester es interiorizar esto cabalmente, puesto que hoy en día cualquier evidencia de sana superstición y creencia en lo supernatural, es considerado cuanto menos una excentricidad, y, en el peor de los casos, locura; la modernidad se ha encargado de volver incompatible el pensamiento racional con el espiritual. No es por lo tanto extraño que todos tengan una historia de algo “fantástico”, espiritual, que les haya ocurrido, pero ante el desdén actual por lo intangible, prefieren callar, o contarlo como una vaga anécdota después de unos tragos.

Comprender que existe una realidad que supera lo directamente sensible es parte del crecimiento del hombre al aceptar lo trascendental. Dentro del Arte, y en el ocultismo en general, esto es prácticamente axiomático. 

Debemos retornar a la superstición, dar cabida a algo más profundo que el materialismo en el cual nos encontramos sumidos y que convierte a esta existencia en un paso estéril del vientre a la tumba; no os pido que creáis que el Sol es impulsado por un carruaje de oro, pero sí que más allá de lo material, de lo perceptible, existe algo más, algo que nos habla a través de augurios y señales varias. Mitificar el mundo puede ser la respuesta ante la insatisfacción contemporánea, no porque funja como medida de escape, sino porque trae de vuelta verdades que le dieron a nuestros ancestros una visión más amplia de la existencia. 

Esto es especialmente cierto tanto si sois practicantes del Oficio, como simples paganos, en sus muchas clases y formas. Interiorizar a plenitud la imaginería del mundo supra-sensible supone el último escalón para iniciar verdaderamente la vuelta de las antiguas virtudes, ausentes en esta decadente modernidad. Una interiorización no solo con beneficios de tipo abstracto, sino directamente útiles a la hora de practicar el Arte en sus estructuras más ritualistas, pues permite una inmersión completa en la realidad mágica, similar a la indefectible fe de los antiguos en el mundo intangible. Crea por lo tanto una nueva forma de experimentar la realidad inmediata. 

Mantened la necesaria racionalidad que los alejara de la demencia, pero sed receptivos a lo fantástico, a los mitos, a las fuerzas del espíritu, los sueños, augurios y portentos; tal vez entonces podéis daros cuenta que la nocturna tempestad que los embiste es el paso de una antigua deidad y su comitiva.

Corred las cortinas, y mirad un mundo espiritual que fue, es y será. Y que siempre, sin importar cuan obnubilados nos encontremos gracias al materialismo que nos hemos impuesto, tiene directa influencia sobre nosotros. Pues este reino es la continuación de un orden ontológicamente superior.


Dijiste ‘El mundo está retornando al Paganismo’
¡Oh brillante visión! Yo vi a nuestra dinastía en el bar de la Casa 
Derramando desde sus vasos una libación para las Erinias 
Y a Leavis con Lord Russell envueltos en flores, anunciados con flautas, 
Encabezando toros blancos a la catedral de las solemnes Musas 
Para pagar donde era justo la gloria de su último teorema 
El fuego de Hestia en cada apartamento, reavivado, ardiendo ante 
Los Dioses de la Despensa. Hijas solteras con manos obedientes lo atienden 
Cerca del hogar la venerable madre de brazos blancos 
Domum servavit, lanam fecit. A la hora del sacrificio 
Sus hermanos vienen, silenciosos, correctos, graves 
Ante sus mayores; en sus mejillas suaves fácilmente 
El rubor florece (es la marca de los hijos de los hombres libres) mientras se reunían. 
Resplandeciendo con aceite, recatadamente desde la palestra o la danza. 
Camina cuidadosamente, no despiertes la envidia de los dioses felices, 
Huye de la arrogancia desmedida. El medio del camino, la clase media de los hombres 
Son mejores. Aidos supera al oro. La reverencia a los ancianos 
Es tan saludable como la lluvia de temporada, y para el hombre el morir 
Defendiendo a la ciudad en batalla es una cosa armoniosa. 
Así pues, con mano magistral la puritana Sophrosyne 
Enfría y educa y templa nuestras intranquilas emociones 
El Paganismo llegó de nuevo, la circunspección y los sagrados temores… 
Lo dijiste. ¿Lo decías en serio? Oh mentiroso desmesurado, detente.

Extracto de “Cliché salió de su jaula”  por C. S. Lewis


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